¿Quieres poder hablar con cualquier desconocida? Lee esto

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Allí estaba yo.

En ese centro comercial repleto de gente.

Y ella. Bonita y adorable. Promocionando algún estúpido producto del centro.

Si hubieses estado allí, y la hubieras visto, tú también hubieses querido.

Hubieses querido hablar con ella, preguntarle que tal el día, conocerla un poco mejor, fantasear con que la hacías reír y con que todo acababa con una bonita historia de amor en tu cama.

O al menos, encontrar el valor para intentarlo.

Era todo lo que quería. Pero el futuro desconocido, el actuar como todos los demás, y el miedo… nos atornilla al suelo y nos jode de maneras que ni nos damos cuenta.

Por eso, volví a aquel día, a recuperar aquel momento, con la chica de la playa.

Verano. Un parque. Y una chica con la que solo hablaba en inglés. De la república checa, jovencita, de paso por mi ciudad. Adorable.

Nuestro segundo encuentro, y ahí estábamos los dos, hablando de todo y nada, pero divirtiéndonos y conociéndonos un poco.

No tenía ni idea si le gustaba. Yo sólo era un chico majo que había conocido en una ciudad en la que no conocía a nadie, uno que hablaba algo de inglés y era medio gracioso.

Y aún peor, no sabía cuánto me gustaba. ¿Sabes cuando piensas “vale, la chica está bien, pero no se si me arriesgaría a cagarla por intentar besarla”?

Pues por ahí andaba. Nos estábamos conociendo y yo era un amigo más que otra cosa.

Sería una estupidez plantarle un beso ahora sin que surja más naturalmente. Podría volverse incómodo de la hostia.

Dejé de pensar. Me dije ‘¿y por qué no? Puede ser el comienzo de algo bueno’.

Y simplemente entonces, apareció el momento. No lo esperé. Simplemente lo hice aparecer. La besé. Aún recuerdo ese instante como una parte de mí.

Tiempo más tarde, me diría algo tan bonito como “mi vida era de una manera, entonces me besaste y rompiste mi mundo”.

Parece fácil narrado ahora. Pero seguro que has estado en momentos así. Pensando si merecía la pena o no.

Dónde tus miedos te atraparon y pensando que eras dueño de ti mismo, y que simplemente no te apetecía esforzarte… lo dejaste pasar.

Todos lo hemos hecho.

A ese beso siguieron bonitos recuerdos y momentos con ella.
Diversiones.
Risas.
Viajes a la playa.
Sexo.
Y alguna perversión que compartíamos.
“Esta noche ha sido la noche más sexual de mi vida” me susurró al oído una vez.

Pero de todos ellos, me quedo con uno, de las últimas veces que estuvimos juntos.

Había vuelto a España por tercer verano consecutivo. Ella era una enamorada del agua. Los parques con agua. Fuentes. La playa.

Y allí estábamos. Antes de nuestro viaje a una playa real, en La playa artificial de mi ciudad.

Pedimos unos bocadillos en el chiringuito. Nos sentamos en las sillas de plástico. Era una tarde de verano agradable a la sombra. Nos quedamos callados. Sin tensiones, relajados.

Y yo, desde mi silla de plástico, la observé a ella.

Estaba sonriendo. Una sonrisa de paz con el mundo. De estar exactamente en el sitio dónde quería estar.

Y sólo tuve que llevarle a aquella pequeña playa artificial y ofrecerle mi compañía para que me dejara mirar dentro de su alma.

Aquella sonrisa fue el mejor regalo.

Y todo comenzó con un salto. Un beso. Con un “¿y por qué no? Puede ser el comienzo de algo bueno”

…Así que volví a mis zapatos, a aquel centro comercial.

No quería vivir la vida que los demás quieren que viva.

Quería sentirme fuera de matrix. Hacer lo que me daba la gana. Sentir que podía hacer lo que quisiera. Ser el protagonista de mi propia película.

Escribí una tontada en un papel, además de mi número.

Y armado sólamente con la mejor de mis sonrisas… comencé a andar hacia ella.

Tuve una conversación divertida con ella, un flirteo. Pero no me la llevé a casa. Ni conseguí su número.

Esta no es una historia que acaba con un final épico.

Esta es una historia que acaba conmigo, alejándome de allí, con una media sonrisa, la cabeza alta y orgulloso de mi mismo. Toma riesgos. Échale huevos. Siéntete orgulloso.

Ahora te toca a ti

La próxima vez qué pienses ¿para qué? ¿qué va a haber en mi para que se fije? simplemente repítete “¿y por qué no?”.


Encuentra ese momento dónde le echaste huevos, vuelve a él y confía en ti mismo.

Como ya te conté aquí, el miedo siempre va a estar ahí.

Lo que importa es que sepas, que a pesar de que tengas miedo, tienes esa fuerza interior para saltar sobre la bestia y decirle: Yo estoy aquí. Yo soy. Es mi momento

Y si aún así, el miedo te paraliza… mira a la gente de tu alrededor.

Siguiendo las reglas. Atenazados por el miedo. Viviendo como autómatas en matrix. Sin echarle huevos.

Y déjame preguntarte…


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